Nato:”Con Estadio en el Corazón”

Por Carlos Reyes G.

Mientras me encamino a la casa del dibujante Renato Andrade, Nato, ubicada muy cerca del estadio de Colo Colo, desde los recovecos de mi memoria infantil brotan las páginas, que por más de treinta años, dibujó para la mítica revista deportiva “Estadio”. Llevo frescas en la retina las tiras cómicas de una de sus creaciones más conocidas y tal vez, de uno de los personajes más entrañables de la historieta deportiva chilena: Cachupín.

EL ORIGEN DE CACHUPÍN

A mi arribo a su modesta casa, me encuentro con un hombre alto, delgado, canoso, y por sobre todo afable. No sé nada sobre su vida privada. Aquí me entero que nació en San Javier, Séptima Región: “Soy Maulino -me confidencia- y viví ahí hasta los doce años”. Me dice que era muy malo para dibujar, que no sabía nada de proporciones y que la casualidad lo puso en la vereda de la historieta. Cierto día, viendo avisos en el diario, descubrió uno sobre un instituto que enseñaba dibujo por correspondencia. “Mandé a pedir informes sobre un curso de dibujo técnico -recuerda Nato- porque lo único que había llegado a dibujar mejor en el colegio eran los mapas. Me mandaron todos los prospectos para un curso de dibujo humorístico y lo tomé. Constaba treinta dos lecciones del Instituto Pinochet Le Brun. Esto fue en 1937 y yo tenía 21 o 22 años”. Se entusiasmó tanto que, cuando iba por la lección número quince, el profesor, Eduardo Pinochet, le pidió que le ayudara en la corrección de tareas. “Con él aprendí más -nos cuenta-. Para aprender de verdad, es importante ver a un dibujante profesional trabajando -y agrega-. En el año 40 ó 41, me tomaron como dibujante para la Sección Propaganda del diario La Hora, ganando mil ciento cincuenta pesos mensuales por dibujar avisos”. Mientras trabaja ahí, aparece la revista semanal “El Cabrito”. Hace una tira de tres cuadros que es aceptada. “Era sobre un personaje infantil que se llamaba “Pirulín”. Me pagaban veinte pesos semanales”.

-¿Eso era mucho dinero?

– Para hacer la comparación, yo iba con un amigo al portal Fernández y nos servíamos un completo y una cerveza cada uno, por un peso veinte. Servía para veinte completos (risas). También empecé a trabajar en la revista “Estadio”, en una sección que se llamaba “Migajas”, sobre anécdotas divertidas que ocurrían en el mundo del deporte. Pasado un año, el director que era don Alejandro Jaramillo, me dice: “Nato, a la revista le hace falta una historieta, necesitamos un personaje que sea deportivo”. Le llevé tres bocetos para que eligiera. Y escogieron uno. La anécdota es que yo no le puse nombre. Entonces él hizo una comida con todo el personal de la revista, periodistas, juniors y qué se yo, pero cada uno tenía que llevar tres nombres. Se hizo la comida y el nombre que ganó fue el de “Cachupín”, del fotógrafo deportivo Eugenio García. Él era descendiente de españoles y la palabra cachupín, según el diccionario de la real academia, es el ayudante que tiene un caballero. Nada que ver con el mono, pero fue acertado porque gustó.

– Algo de la fisonomía de Cachupín cambió con el tiempo…

– Sí, la peinada. Cambió porque hubo un momento en que yo tenía mucho que hacer. Aparte de dibujar era diagramador de la revista Estadio. Lo hice durante diez años, yo no había estudiado nada de ese tema y hasta me consideraban bueno. Esto pasó por ahí por el 45 ó 46. Después trabajé como director de arte en la editorial de Guido Vallejos, que tenía como treinta revistas: el Pingüino, Viejo Verde, Cosquillas, la revista femenina Mi Vida, la fotonovela Cine Amor, la revista de actualidad Flash.

– Hablemos de “Toribio, el Náufrago”

– Ese personaje no lo creé yo. Por ahí entre medio de todo lo que le estoy contando, apareció la revista de chistes picarescos, “Pobre Diablo”, que era combatida por las mamás y por la iglesia católica. A “Toribio, el Náufrago” lo crearon los directores de la revista y se lo dieron a un dibujante llamado Pequén. Él lo hizo como un mes y se aburrió. Se lo llevaron a otro dibujante, “El Mono Tejeda” que era muy bohemio. Lo dibujó un tiempo y un día se pegó una falla y, entonces, el director, don Daniel Sanhueza, me lo dio a mí. Lo dibujé tanto tiempo en “Pobre Diablo” y en “Pingüino” que, a la larga, todo el mundo pensó que era mío.

– ¿Cuál de todos sus personajes es el que más le gusta?

– Todos tuvieron éxito. Tuve suerte en eso. Le achuntaba justo a lo que me pedían. Los más destacados creo que son: Cachupín, Toribio el Náufrago, y un mono que hice en mis comienzos para la revista de bolsillo Simbad, “Ponchito,” que era huasito, un niño del campo, en que yo contaba más o menos mi historia. Ese personaje es el que me hizo ganar más plata. Como yo conocía bien el campo, todo lo que me pasó cuando niño lo llevé a chistes. Ponchito se publicó hasta el año 2002 en la revista “Nuestra Tierra”, del Ministerio de Agricultura.

PEPO, EL  MÁS GRANDE

– ¿Qué significa el dibujo para usted?

– Un hobbie. Me olvido de problemas, preocupaciones. El tiempo no pasa.

– Un hobbie que le ha permitido vivir…

– Sí. No para hacerme rico, porque soy pobre.

– ¿Qué es lo que más le gustaba hacer?

– Dibujos para niños. Es donde me sentía mejor y lo que me salía más fácil. Pero nunca tuve problemas para crear un chiste.

– ¿A qué dibujantes admiraba?

– Yo compraba revistas y copiaba a distintos dibujantes. Por eso mi receta a los jóvenes es: Dibuja harto y no te preocupes de tener un estilo. Copia a varios y, un día vas a descubrir que tienes tu estilo. Eso fue lo que hice yo. Desde luego mucha imitación a Walt Disney y mis grandes admirados eran Pepo y Alhué. Después, además, fuimos grandes amigos.

– ¿Conocerlos fue como cumplir un sueño?

– Claro, la primera presentación fue impresionante, porque Pepo era para mí lo más grande que había, y sigo pensando que fue el mejor de la década del 40. Era un dibujante completo, podía hacer caricatura personal, política, dibujo serio, humor, todo. Dibujaba muy bien a las mujeres, cosa difícil, no todos los dibujantes pueden hacerlo.

– ¿Por qué cree usted que había muchas más publicaciones de historietas en ese tiempo?

– No había televisión y la gente estaba acostumbrada a las revistas. Era increíble. Cuando llegué a Santiago, era muy famosa la revista infantil “El Peneca”. Batía records de ventas con 300 mil ejemplares semanales. Los niños se la peleaban. Con la revista Estadio, ocurría lo mismo, todos la leían. Porque ¿quién no ha chuteado una pelota alguna vez?

– Y ahora usted vive al lado del estadio…

– Ahora sí (risas) y, para peor, soy Colocolino. En el año 40 estaba el estadio nacional, “el elefante blanco” lo llamaban en ese tiempo. Se llenaba siempre, era lindo.

EL TEST DE CALIDAD

– ¿Sentía usted que era famoso en ese tiempo?

– No sabía, pero había detalles que me lo decían. A veces iba al estadio y estaba repleto. De repente sentía un grito: ¡¡Nato, Nato, ven aquí!!. Yo iba, pero no los conocía. ¿Y cómo me conoce usted? Es que yo leo Estadio y usted es el que hace Cachupín y bueno… cosas así. Nunca hice alarde de nada. Yo soy re modesto… y ahora estoy hablando de más (risas). Una de las cosas que me gustaba mucho era cuando subía a un bus, el día que salía la revista. Siempre subía un suplementero y dos o tres la compraban. Yo me ponía cerca de ellos para observarlos. El gallo tomaba la revista, veía la portada y buscaba Cachupín y cuando esbozaba una sonrisa, esa era mi satisfacción. Y si no se reía, es que no estaba tan bueno, decía yo. En ese sentido tenía un barómetro. Otro caso que había, era que el secretario de la revista Estadio era un fulano que no tenía mucho sentido del humor. Él recogía el material y lo entregaba al taller. Solía llegar a mi mesa de dibujo y me decía: “Ya po? Nato, me falta el Cachupín”. Y ahí estaba yo, terminándolo. A veces llegaba, lo leía y decía: “¡está güena, está güena!” y yo pensaba: “Pucha, este está malo”, cuando no decía nada, yo pensaba: “Éste está güeno!”. (risas) Y era cierto, no tenía sentido del humor, era como al revés para captar las cosas. No fallaba nunca. (risas)

-¿Es difícil ser dibujante?

– Yo creo que no. Es como aprender cualquier manualidad. Antes era fácil ser dibujante. Yo hice un solo intento y listo. En cambio hoy voy diez veces a una parte y siempre dicen no. Hoy da la impresión de que uno debería ir a una revista y decir: “Oiga, ¿cuánto me cobra por publicar una página?”. No hay interés. Es increíble.

EL DIBUJANTE NUNCA VA A MORIR

– El trabajo del dibujante es muy solitario…

– Sí, los dibujantes, en líneas generales, no somos muy buenos para hablar, salvo excepciones. Uno pasa mucho solo, callado, pensando lo que va a hacer, no está expresándose en palabras. Hay una anécdota muy buena sobre eso. Una vez tuvimos una comida en un gran restaurant del centro, se llamaba “El Pollo Dorado”, que estaba en Estado con Agustinas. Éramos como cuarenta dibujantes y estábamos organizándonos para hacer una asociación. Estábamos en plena comida y el animador dice: “Esta noche tenemos el honor de contar con los mejores dibujantes chilenos reunidos acá”. Gran aplauso del público. “Ofrezco el micrófono para que alguno de ellos diga algunas palabras”. Nadie se paró. De nuevo lo mismo. “Ofrezco el micrófono”. La tercera vez se para el Mono Tejeda que ya iba curado y dice: “Los dibujantes -hablaba así medio ronco- no hablan… porque cuando hablan… la cagan” (risas). Ahí partieron dos volando y lo sacaron. Mono Tejeda era un personaje.

– ¿Qué se necesita para ser un buen humorista gráfico?

– Harta imaginación. No sacas nada con copiar, no tiene mérito. Yo pensaba, no serán tan buenos mis chistes, pero son míos. A veces pasa que es imposible no repetir un chiste que no se haya hecho antes. Por eso siempre me gustó un texto, que leí una vez, que decía que el único que podía jactarse de haber inventado un chiste era Adán, porque no tuvo a nadie a quien copiar. El buen dibujante siempre va a ser indispensable, algunos dicen que la computación y esto y lo otro. No, el dibujante nunca va a morir. A los jóvenes siempre los aliento. Al que le gusta dibujar, si es constante y no deja de luchar, va a salir adelante.

– De no haber sido dibujante ¿Qué le habría gustado ser?

– Hubo un tiempo en que me hubiese gustado ser payaso de circo. Ese fue un deseo que nunca cumplí.

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2 Responsesto “Nato:”Con Estadio en el Corazón””

  1. Jaime dice:

    Recuerdo cuando niño y leía las viejas revistas en peluquerías o cuando acompañaba a mi madre a lo mismo.

    Estadio, Pinguino (en las pelukas de hombres), un día una vecina le regaló a mi mamá un montón de revistas Ecran, ya en ese tiempo tenían como 30 años, me las leí todas (pa que vean como eran de aburridas las cosas en ese tiempo) y en todas buscaba las historietas, en Ecrán (“pantalla” en francés, la revista era de cine)aparecía “polola Charrázuriz” y “Cicleto” quién era como el antecesor de “Máximo Chambónez”.

    Bonitos recuerdos de infancia.

    Yo pensaba que “Nato” había fallecido hacía mucho pero fue no hace mucho….me habría gustado que leyera estas palabras.

  2. Carlos Reyes dice:

    Conocí brevemente a Nato y me impresionó mucho su sencillez. Está vivo en nuestros recuerdos.

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