Barrabases Cumple 50

Barrabases Cumple 50

Dicen, quienes lo conocen bien, que Guido Vallejos se parece demasiado a Mr. Pipa. Pero el creador de Barrabases se resiste a admitirlo, aunque la paternidad sobre ese grupo de muchachos que no crece y permanece detenido en el tiempo por espacio de 50 años, es indesmentible.

Sam en el arco; Mono, Pelusa, Ciruela y Roque; Bototo, Chico y Guatón; Torito, Pirulete y Pelao. Una formación clásica en la que alternaba el eterno suplente brasileño, Palmatoria. Una formación que muchas generaciones memorizaron sin problemas e hicieron suya como segundo equipo permanente.

Para hacer la historia simple, Barrabases tiene cuatro épocas. La primera nace el 26 de agosto de 1954 como un formal equipo de niños futbolistas que logran lo que los personajes reales no pueden conseguir: triunfos a granel en el plano internacional, pero viviendo pequeñas epopeyas donde los personajes secundarios son imprescindibles. Tras una metamorfosis que incluyó otras caricaturas, entrevistas y crónicas, la revista desaparece por un tiempo para volver en los sesenta en una segunda época, con un trazo más definido en los dibujos.

Toda una generación ya cuarentona recuerda con cariño la tercera época, muy breve pero exitosa, en la mitad de los setenta, donde en poco más de cincuenta números se repasan nuevas y viejas historias, matizadas con una entrevista en las tapas interiores y un dibujo delicado y exacto de los rostros de los ídolos en la contratapa.

Finalmente, a fines de los ochenta, comienza la más extensa de las etapas de la revista, que ya va por el número 211, aunque sus apariciones en el mercado son muy intermitentes. Barrabases tuvo, además, una breve aparición televisiva para el Mundial de Francia en 1998 (producido por el Área Deportiva de TVN) y un frustrado paso a la pantalla grande, cuando Cineanimadores -los realizadores de Mampato- quisieron reflotar la historia para el séptimo arte sin llegar a acuerdo.

A la formación titular histórica, se agregarían dos suplentes obligados: Patas de Palillo, el arquero, y el polifuncional Cara de Auto. El cuerpo técnico se completa con el profesor Ñeque (preparador físico), el doctor Serrucho y el kinesiólogo Cacharro. La mascota es el perro Rasca, Chupilco es el administrador del estadio y Mentolatum -como su nombre lo indica- el chofer, boletero, portero o lo que se requiera.

La tertulia post partido siempre será en el café de Don Pepe, mientras el Cabo Matamala y su fiel ayudante Manguera vigilan la seguridad de Villa Feliz después de cada encuentro. Lipiria -inspirado en un personaje real de Valparaíso- es el vendedor de porquerías en el estadio, mientras los partidos se pueden seguir a través de Radio Cebolla, con los relatos de Pancho Matraca, los comentarios de Tato Plumilla y la información no siempre veraz de Cegatini (aunque hay versiones de que su apellido comienza con Z, debido, zeguramente, a que ziempre hablaba con eze azento). El abanico de los estables se completa con el inescrupuloso y estrafalario empresario de jugadores Che Bombacha.

Pirulete Polémico

Guido Vallejos, un corredor de propiedades nacido en 1930 e hincha de Magallanes, siempre quiso dirigir una revista de historietas deportivas, desde que en el colegio había ideado una publicación artesanal llamada Corneta.

Aunque para todo el mundo Mr. Pipa era parecido a su creador, Vallejos siempre dijo que había tres personajes inspirados en la vida real: el pedagógico entrenador se parecía al comentarista deportivo Renato González (conocido como Mister Huifa), el puntero derecho Torito estaba basado -hasta con boina- en Enrique "Tigre" Sorrel, y un efímero comentarista llamado Cuquito Calvínez tiene un parecido notable e indesmentible con Julio Martínez.

Sobre Pirulete habrá siempre polémica. Para algunos demasiado perfecto, Vallejos reconoce que su inspiración fue Raúl Toro, el eximio player de Santiago Morning, a quien tantas veces vio jugar en Santa Laura o el Estadio de Carabineros.

El dibujante y creador de la revista, según sus cercanos, pese a ser devoto del fútbol, nunca fue de los más exquisitos a la hora de jugar. Los amigos lo ponían al arco, aunque su jornada de gloria fue calzando los zapatos de fútbol de su padre, que militaba en el Audax Italiano. Marcó cinco goles porque ninguno de sus rivales se atrevió a marcarlo por temor a los estoperoles. Vengó así los cinco tantos que le habían convertido y, para emparejar la anécdota con la ética de la revista, apenas consagró el empate dio por terminado el partido.

Atrincherado en el Hotel Foresta -que administra junto a su hijo Gabriel- Vallejos pretende pasar el cincuentenario de manera tranquila y sin bullas, alejado de la creciente demanda de los números históricos de su publicación y la fiebre de festejos que cada fanático prepara en los sitios de internet dedicados al tema. Con renovada pasión por el cine, la literatura y el fútbol, Guido Raúl René, oriundo de Copiapó, está casado con Gabriela Oportot y es padre de cinco hijos. Aunque, en rigor, por estos días festeja el cumpleaños del sexto, uno llamado Barrabases, que está en los quioscos para hacer creer a niños, jóvenes y viejos que la fantasía del fútbol es posible también con una revista entre las manos.

NUESTROS SUPERHÉROES

Por Roberto Ampuero

¡Echaba de menos Barrabases en el calor húmedo de La Habana! Recuerdo que una vez le pedí a un correo cubano que viajaba a América Latina (me imagino que bajo identidad falsa), que me trajera una carta de mis padres, un Condorito y un Barrabases. El tipo debe haber pensado que yo estaba loco: nunca me trajo nada.

Yo leía Barrabases desde chico, cuando no había TV y era lo más parecido a ir al estadio. Mi jugador favorito era Pirulete, que era un delantero sensacional y con altibajos, pero que parecía ser un buen hijo. Estaban también Mr. Pipa, el entrenador paternal, como un buen tío abuelo, tranquilo y ajeno a la competitividad; Torito, que hoy sería modelo de ropa italiana, y un genial jugador brasileño llamado Palmatoria, cuya descripción gatillaría hoy en EE.UU. juicios por parte de abogados del movimiento africano-americano. Quienes despertaban mi furia eran los árbitros saqueros, vendidos al rival. Era, por cierto, una revista que también operaba con los prejuicios y/o clichés chilenos más tradicionales, con aquellos referidos a otros países y hoy, en cualquier sociedad desarrollada, el equipo sería acusado de homoerótico y Mr. Pipa de pedófilo al acecho.

Pero la nuestra era una época más inocentona. Y la fuerza de Barrabases estaba en que le permitía a grandes y chicos sentir que era el equipo de uno, que podíamos llegar a pertenecer a ese plantel, que las calles y locales que aparecían allí eran lugares que identificábamos como una conciencia del subdesarrollo, pero del subdesarrollo con esperanza. Barrabases no tenía arribismo social ni era el club de los nuevos ricos ni de los ricos, sino un equipo popular, decente, sin barras bravas, democrático. Y en su mundo triunfaban los buenos, pero no siempre; a veces había que esperar el "continuará", era un mundo no plenamente comercializado, donde el deporte valía y cambiar de camiseta era un pecado mortal. Si los norteamericanos tenían en esa época a sus superhéroes, nosotros, como rincón del denominado Tercer Mundo, teníamos a un equipo sufrido y sólo armado de buenos sentimientos y el amor a la camiseta, que era Barrabases, y por otro lado a Condorito, otra conciencia profunda de nuestro subdesarrollo.

Barrabases no funciona hoy porque el equipo estaría vendiendo y comprando jugadores en cada temporada, y su identidad se convertiría (como es hoy en el fútbol) en una identidad abstracta, basada en el color de la camiseta y en la memoria, no consustanciada con jugadores que se formaban, jugaban y jubilaban en el mismo club. Barrabases es también parte de ese Chile que se fue, de un país donde no todo tenía su precio y había cosas inmateriales por las cuales bien valía la pena luchar.

EL IRREALISMO MÁGICO

Por Antonio Skármeta

Leí Barrabases cuando niño, pero mis recuerdos son muy imprecisos. Me identificaba naturalmente con el arquero Sam, más que con el goleador y buenmozo Pirulete, pues siempre jugué al arco con jockey cuando niño. Desgraciadamente carecía de dribbling, de caderas mareadoras, y mis cachañas le resultaban previsibles a los defensas. De modo que mi destino estaba bajo el transversal.

Barrabases era para mí el reino de la alegría, de la fraternidad de barrio, una jugarreta en dibujos de sentimientos que eran reales en los potreros o sitios baldíos donde jugábamos fútbol. Era a la historieta lo que el twist chileno fue a la música, deliciosamente banal, alegremente sensiblero, fraternalmente necesario, un consuelo en los sábados invernales cuando la U perdía sus duelos y caía en la tabla de posiciones.

Recuerdo sí que era un adorable equipito modesto, pero luego se le fueron los humos a la cabeza y creo que en algún momento llego a ser campeón mundial. No sé si semejante acelerada le hizo bien a estos bambinos que pasaron del neorrealismo al irrealismo mágico.

FANÁTICOS

José Miguel Insulza (ministro del Interior): "Yo lo leí desde chico, en la primera época, y aún recuerdo al menos nueve de los jugadores. Toda la delantera, para empezar, Mono y Roque, más un suplente que se llamaba Cara de Auto. Inolvidables Palmatoria y Mr. Pipa. Como en esa época los niños podían caminar sin problemas por la calle, iba yo mismo a comprarlos al quiosco. Me gustaba mucho el fútbol, por lo que también era imprescindible comprar el Estadio y el Peneca. No había demasiadas revistas, así que no sólo fui fanático, sino también coleccionista. Una época inolvidable que me quedó grabada a los 11 años".

Cristián Warnken (poeta): "Aunque mi referente y revista de cabecera era el Mampato, por supuesto que leí el Barrabases. Mi personaje favorito era Guatón, porque además me remitía al Manolito de Mafalda; siempre estaba sudado, trasuntaba esfuerzo. El otro que me llamaba la atención era Mr. Pipa, porque encarnaba al típico profesor chileno de clase media, con sus defectos y virtudes. Infaltable".

Augusto Góngora (periodista): "Era una revista cercana, a diferencia de Estadio, en la que los cracks de la época resultaban demasiado lejanos para cabros chicos que jugábamos en la calle o en alguna plaza con una pelota de plástico. La gracia de Barrabases es que todo era pobre, igual que uno, igual que el 90 por ciento del país, en donde la solución del alambrito era la máxima tecnología a la que se podía aspirar. El equipo era puro corazón, no existían atorrantes como Pinilla ni gente impresentable como Chocopanda, al Liguria le quedaban demasiados años para nacer y lo más cercano era comprarse después de la pichanga el económico Sorbete Letelier, con guinda incluida, para tomarla entre cuatro tipos sudados como caballos".

Carlos Caszely (ex futbolista): "Jamás olvidaré el capítulo donde Barrabases le ganó a Brasil por tres a dos, después de ir perdiendo dos a cero. El gol del triunfo lo anotó Pirulete, de chilena, tras un centro de Guatón. Yo me creía en el colegio, en los 60, Pirulete o Sam, dependiendo de dónde estuviera jugando. Mucho después se lo compré a Enzo, mi hijo".

Carlos Pinto (periodista): "Me llenaba de placer leerlo. El capítulo que más recuerdo es uno donde se raptaban al equipo completo pocos días antes del partido del domingo. Después, cuando ya había crecido, seguí leyéndolo, porque se lo compraba a mi hijo".

Leo Caprile (animador de TV): "Cuando éramos chicos no sólo lo comprábamos, sino que íbamos con mi hermano a una cancha en Limache que era un desastre, porque casi no tenía pasto. Le poníamos nombres a los jugadores y bromeábamos con los personajes. Mi personaje favorito era Cegatini, el puesto de cancha que no veía nada".

Álvaro Escobar (actor): "Tenía la colección completa y era amigo de la hija de Guido Vallejos, por lo que estuve muchas veces en su casa de Lyon viendo cómo la hacían. Lo que más me gustaba era que muchas veces los partidos los salvaban los que no parecían preparados para la competencia: Guatón, Chico, el mismo Palmatoria, que era negro, algo que se veía poco por entonces. Gallos que, en cualquier otra instancia, habrían sido discriminados. Por eso mismo no me gustaba Pirulete, porque era hasta buenmozo, un winner. También me gustó Sam, porque hasta antes de leerlo sentía cierto desprecio por los tipos que jugaban al arco: él me enseñó que desde allí también se podían ganar partidos".

El embajador copista: El embajador de Chile en Londres, Mariano Fernández, es otro de los fanáticos de nota de Barrabases… Este es su testimonio: "Yo era mucho más que un fanático. Cuando salió, en la década del cincuenta, y aprovechando mis condiciones de dibujante, hacía mi propia revista con tinta china, que arrendaba entre mis compañeros. Era una especie de copista de Guido Vallejos. Los coleccioné mucho tiempo y aún debo tener los dibujos que hacía en alguna parte. Me gustaba Cañoncito, que era el artillero del equipo rival, pero el que más me gustaba era Palmatoria, el suplente brasileño de Guatón, que tenía muchas tribulaciones. Quizás porque siempre sentí debilidad por los más débiles".

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